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La pornografía, esta industria macabra, denigra a la mujer en su nivel máximo.

La pornografía es una industria que atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella, pues cada uno viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de una ganancia ilícita.

La pornografía no solo puede normalizar el abuso de las víctimas, sino que también puede normalizar el abuso sexual en la mente de los consumidores de pornografía. Cuando los consumidores desarrollan un patrón de cosificación y deshumanización, viendo a los demás como objetos para usar, también puede volverse más fácil cometer violencia contra ellos.

No es un tema de consentimiento porque en la industria del porno, prácticamente no hay forma de garantizar que cualquier pieza de contenido pornográfico sea realmente consensuada, ética o incluso legal. Defender la pornografía no es cuestión de gustos o de libertad, es defender una industria que gana dinero del sufrimiento y la humillación.

Mientras haya una demanda de pornografía, especialmente pornografía extrema, abusiva o degradante, la industria de la pornografía continuará explotando a las personas vulnerables para satisfacer esa demanda.

Las autoridades civiles tienen la enorme responsabilidad de impedir la producción y la distribución de material pornográfico es por esto que exigimos un fuerte control y leyes que regulen e impidan esta práctica.

 


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